10 agosto, 2021 18:31



LA TRAMA DETRÁS DEL DOBLE CRIMEN DE LA MAFIA DEL GAUCHITO GIL: QUIÉNES ERAN «CHECHO» Y «MINTO»

Sergio «Checho» Canteros (33) le rezaba a una figura de madera del Gauchito Antonio Gil​ cada vez que salía de su casa. Era el más creyente de su familia. «Tenía el santuario enfrente, pero no quería cruzar ni para prender una vela. Hace varios años que el predio dejó de ser un lugar de fe para transformarse en una villa», dice Yésica Rodríguez, su viuda.

«Por eso ahora, además de exigir justicia por mi marido y por mi suegro, quiero que limpien el santuario. Que se cree una comisión nueva, honesta. Porque ese era uno de los deseos de ‘Checho'», remarca.

El doble crimen de Sergio y su papá,Julio César «Minto» Canteros (64)​, fue el viernes por la tarde, a metros del santuario, ubicado en Mercedes, Corrientes.

Este lunes hubo cinco detenidos más (son 8 en total), todos integrantes de las dos familias señaladas como las articuladoras del santuario (en total conformarían una organización de 30 personas). Se los acusa de doble homicidio calificado por ensañamiento, alevosía y en concurso real, y de doble tentativa de homicidio calificado.

Los sospechosos tiene antecedentes por robos y violencia de género. Uno de ellos, años atrás, se fugó dos veces de la comisaría local.   

Sergio "Checho" Canteros, 33 años, y Julio César "Minto" Canteros, 64 años, las víctimas de la mafia del Gauchito Gil en el santuario de Corrientes.

Sergio «Checho» Canteros, 33 años, y Julio César «Minto» Canteros, 64 años, las víctimas de la mafia del Gauchito Gil en el santuario de Corrientes.

Sergio recibió 22 puñaladas mientras que su padre habría sufrido entre cinco y siete. Además, en el ataque hirieron a un hermano y a un tío de Yésica.

​Según Yésica, los problemas con los atacantes habían comenzado hace unos cuatro años. Su familia es dueña de las cinco propiedades ubicadas frente al santuario, del otro lado de la Ruta 123. «Hay un parador y un comedor chiquito que le alquilamos a comerciantes de la ciudad», detalla. «Después hay un kiosquito que atiende mi hermano, una casa que estábamos construyendo y el comedor que administramos. Vivíamos al fondo, donde hay un campo», agrega.

La primera denuncia que hicieron fue por un colectivo que algunos miembros de la «Mafia del Gauchito Gil», como se los llama en la ciudad, estacionaron y dejaron al frente de sus comercios. «La denuncia fue en vano. Ni siquiera podíamos sacarle una foto al frente de nuestro comedor; lo tapaba el colectivo. Pero no dijimos más nada porque no queríamos problemas», cuenta.

Luego, el frente de las propiedades de la familia de la viuda de «Checho» fue utilizado como «estacionamiento»: la organización mandó a algunos de sus «trapitos» a cobrar por cuidar los autos de los fieles. El próximo paso fue levantar nuevos puestos. En el mismo lugar. Allí, donde Sergio y Yésica pensaban construir una entrada al campo, la mafia llegó a fabricar tres.

Así demolieron los puestos del Gauchito Gil en Corrientes. Foto captura.

Así demolieron los puestos del Gauchito Gil en Corrientes. Foto captura.

Todo eso además de administrar los cerca de 50 puestos linderos al santuario que funcionan en temporada baja. De diciembre a marzo hay más. Y la primera semana de enero, el número asciende a 300. 

Sergio no lo toleró. Fue y les destruyó uno. «Ese puesto era para una persona que está en la cárcel y va a salir en unos días», le dijeron, a modo de amenaza. Otro comentario fue «apenas mi hijo regrese de Buenos Aires vas a pagar por lo que hiciste». Todo eso pasó entre el lunes y el jueves de la semana pasada.

El viernes a la mañana los volvieron a amenazar. Sergio no estaba en la casa. Se encontraba trabajando en el local de repuestos de autos de su suegro. Yésica llamó a la policía. Un par de agentes llegó al lugar, pero se fueron enseguida.

Sergio hizo la denuncia: «El lunes entra a Fiscalía», le aclararon. Cerca de las 17, volvieron a amenazar a Yésica. Le orinaron el frente del comedor que administraban hasta antes de la pandemia y le gritaron «te lo vamos a entregar en un cajón», por Sergio. ​

Yésica llamó a la comisaría. Dice que nunca la atendieron; que marcó más de 20 veces. Antes había hablado con Sergio. Le contó la situación. «Vení con la policía», le pidió. Mientras lo esperaba, escondió a sus hijos de uno y siete años en el baño. Cuando Sergio llegó, los atacantes ya estaban dentro de su casa. ​ 

La protesta en la ruta nacional 123, en Mercedes, Corrientes, por el ataque de la mafia de los puesteros que le costó la vida a Sergio Canteros y su padre.

La protesta en la ruta nacional 123, en Mercedes, Corrientes, por el ataque de la mafia de los puesteros que le costó la vida a Sergio Canteros y su padre.

«Nos confiamos. Yo le había dicho que tenía miedo por él y su respuesta fue ‘no te preocupes, no van a hacer nada’. Sergio creyó que como los habíamos denunciado no serían capaces de lastimarnos. Ahora pienso que si no lo mataban en ese momento, iban a entrar de madrugada», dice la mujer. ​

A Yésica le tiraron dos puntazos, pero erraron. A Sergio lo corrieron, cayó y le dieron 22 puñaladas. Yésica y su mamá, que llegó antes que la policía, se arrodillaron para pedir que dejaran de pegarle. Hay testigos que dicen que los policías y la ambulancia aparecieron una hora después.

Los atacantes eran cerca de diez. ​»Los testigos tienen miedo de declarar. Se trata de un grupo que echó a muchos puesteros y hasta lastimó a los que vendieron velas o cuidaron autos sin su permiso», cuenta Marcos Arispe, abogado de la familia Canteros.

«Creemos que con las declaraciones, los peritajes de los celulares secuestrados y algunos testigos que podamos aportar habrá más detenciones», agrega.

El padre de Sergio tenía 64 años y estaba esperando el trámite de jubilación. Era un hombre de campo. Sobrevivía con la venta de algunas vacas y los forrajes. La madre de Sergio trabaja de portera de una escuela de la ciudad.  ​

«Cruz Gil» figura como una Asociación sin fines de lucro y recibe todo tipo de donaciones: en pesos, en dólares, en oro. Cada fiel que le pide un favor o un deseo al Gauchito Gil ofrece algo a cambio. La creencia dice que si no se cumple la promesa, el Gauchito es capaz «de sacarte lo que te dio». Los que pagan con billetes u objetos de valor llegan al santuario y depositan sus ofrendas en una alcancía.

Sergio "Checho" Canteros (33), asesinado por la mafia de los puesteros del Gauchito Gil en un santuario de Mercedes, Corrientes. Foto Facebook

Sergio «Checho» Canteros (33), asesinado por la mafia de los puesteros del Gauchito Gil en un santuario de Mercedes, Corrientes. Foto Facebook

Se supone que la Asociación, con comisión acéfala, debe invertir el dinero de las donaciones en obras. Pero hace años que los fieles se quejan del mal estado del lugar. Y en especial, de la gran cantidad de puestos instalados. En los últimos tiempos se colocaron hasta en el frente del santuario, tapando la imagen principal. Ramona Villaba es la administradora del predio.

Algunos vecinos cuentan que vendía velas y limpiaba los baños. Que era pobre hasta que se metió a la fuerza como articuladora. Hoy, se mueve en camionetas y autos de alta gama, compró campos, propiedades y dos hoteles. Sería la líder de la organización que le cobra el alquiler a los puesteros y que echó a golpes a varios puesteros históricos. Los de mejor ubicación son administrados por ella.  

«Yo me enteré casos de gente que hasta donó sus autos. A veces les decía a mis clientes que era más seguro donar a una iglesia. Ellos me decían que su promesa era con el Gauchito», cuenta Yésica.

Otra costumbre de los fieles es llegar al santuario con botellas de vino. Las mismas, según puesteros y vecinos, luego son vendidas en restaurantes de la ciudad. «Es incontrolable el dinero que manejan, y no presentan un solo balance. El Estado tiene la obligación de fiscalizar lo que viene ocurriendo en el predio», concluyó el abogado Arispe, vecino de la ciudad y devoto del Gauchito.